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El ojo en el cielo


Cuantas alegrías nos han dado los libritos azules y plateados de Orbis…

El primer libro de Philip K. Dick que llegó a mis manos fue el Ubik de esta colección. Desde ese día, no he parado de leer a Dick, y ninguna de sus obras me ha decepcionado o dejado indiferente, y este Ojo en el cielo no ha sido menos.

En él, la subjetividad se convierte en realidad objetiva, percibida (y sufrida) por los demás. Las represiones, las creencias, los miedos y esperanzas de cada personaje se materializan y convierten en algo tangible (y peligroso). Esa es la premisa básica del libro, y, de nuevo, Dick lo ejecuta de manera soberbia (aunque al final la idea se degenera un poco) y lo utiliza en su incansable tarea de poner en entredicho la naturaleza de la realidad.

La primera mitad del libro me recordó enormemente a algunos de los magníficos cuentos de Ted Chiang; Dick, como sus deidades, está siempre presente y moviendo algunos hilos.

Ojo en el cielo es una manera perfecta de acercarse al universo de Dick, de adentrarse en las infinitas capas de la realidad, de plantearse la realidad desde otros puntos de vista.

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Pink Martini

Antonio, de nuevo, me descubre un grupo interesante: Pink Martini.
Esta canción, Splendor in the Grass, pertenece al disco homónimo de 2009, que recomiendo escuchar, sobre todo en estas noches de verano estrelladas. Contiene una colaboración excepcional: Chavela Vargas, cantando su “Piensa en mí”.

Este es el video oficial, rodado en Los Angeles, aunque hay unos cuantos más no oficiales rondando por el tubo. La música clásica engarzada en mitad de la canción es el principio del Concierto para piano Nº 1 de Tchaikovsky, una de las composiciones que más admiro (después de todo, Tchaikovsky salvó mi vida).

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Diarios de las Estrellas

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Ijon Tichy, sus viajes y sus memorias. Viajes a través del espacio y del tiempo, surcando la brillantez y la estupidez humana, explorando terrenos ignotos, pero también sendas conocidas dentro del comportamiento humano (demasiado humano).

Como un explorador del S XIX, Ijon Tichy descubre mundos y seres nuevos. Cataloga, deduce, analiza como un científico que es incapaz de ver la verdad si no está regida por las leyes que conoce, que adapta la realidad a sí mismo y a sus reglas. Un personaje absurdo y anacrónico inmerso en dilemas temporales y conflictos inter-especie. Un héroe de novela: el perfecto retrato de alguien pagado de sí mismo, decidido y resuelto; un Tartarín de Tarascón del siglo Veintitantos.

Con algunos libros, se abren los ojos, y éste me los abrió como platos. Sutiles (quizás no tanto) ironías que se clavan en la mente, momentos divertidos, absurdos, geniales. Todo un compendio de la incoherencia que nos rodea, de lo complicados que somos.

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Recuerde el alma dormida…


Descansa en paz, Custodio. Y gracias.

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De que habla Murakami cuando habla de correr

Casi cinco meses sin escribir por aquí, ya iba siendo hora de actualizar. Podría culpar al trabajo, a la falta de tiempo, pero la verdadera razón es la pereza. Siempre me viene a la mente esa estrofa con la que empieza una canción de Fangoria:

“Mi indiferencia natural, curtida en mil batallas contra la pereza”.

Y me siento identificado con esa frase, porque a veces siento que mi vida es una lucha constante contra la desgana. A veces gano, afortunadamente, y la indiferencia desaparece por unos instantes.

De la pereza, de la lucha contra ella, de la motivación, de la determinación a hacer algo que quieres, de la creatividad, y, por supuesto, de correr, trata este libro de Murakami, un escritor del que conocía “Kafka en la orilla” y su colección de cuentos “Sauce ciego, Mujer dormida”, y que ni sospechaba que fuera corredor de maratones.

Llegó a mis manos junto con otro libro (de Punset) y un par de rosas (gracias, Antonio, eres un sol). Es un pequeño gran libro, en el que el autor desgrana con sinceridad sus sensaciones a la hora de correr, y también a la hora de escribir. Mientras lo leía pensaba en este blog, y en las zapatillas que me regaló Vidal, otro corredor, que están ahí aparcadas esperando que un día de verano me decida a ganar una de esas pequeñas batallas mentales que tanto me inhabilitan en mi vida cotidiana.

Es un libro corto, pero que merece la pena. Me gusta mucho la ficción, y me gusta la ficción de Murakami, pero siempre me ha parecido excepcional que alguien se desnude para contar sus frustraciones y miedos, y sus victorias personales; que las comparta, que nos haga sentir menos solos, comprendidos.

No me ha dado por correr, no es el propósito del libro convencer al lector de lo bueno que es el deporte, pero gracias a él he reflexionado calmadamente sobre la vida, y me ha sentado bastante bien.

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Deus Irae

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Deus Irae trata muchos de los temas que interesaban a Philip K. Dick; incluso siendo un libro escrito en colaboración con Roger Zelazny, tiene mucho de esa atmósfera de algunas obras de Dick. Recuerda sobre todo al Dr. Moneda Sangrienta: un mundo asolado cuya población sufre mutaciones que los convierten en seres extraños, o que los deja lisiados, como le ocurre al protagonista. Vuelven a aparecer las máquinas, algunas muy humanas. Y, por supuesto, la religión. Un nuevo credo que glorifica al causante de todo el desastre, que convive con las creencias antiguas que luchan por seguir sobreviviendo en un mundo que no supieron salvar.

Tibor McMasters, sin piernas ni brazos, es un artista, el mejor artista en una tierra devastada, al que le encargan realizar el retrato del nuevo Dios, del Dios de la Ira, que todavía vive en un cuerpo humano, el del funcionario que pulsó el botón del holocausto. Para poder captar la magnificencia de la divinidad, necesita verlo y por ello se embarca en una peregrinación para encontrarlo. Así comienza un viaje accidentado en su carrito tirado por una vaca, enfrentándose a los peligros de este mundo pervertido por la radiación y a sus propias dudas.

Deus Irae es, ante todo, un libro sobre la religión y su significado más íntimo. Plantea una interesante paradoja al enfrentar a dos dioses: uno malvado y terrible, capaz de destruir al ser humano, el dios de la ira, y otro, supuestamente bondadoso, que permite que eso ocurra, el dios cristiano. Uno de ellos pulsa el botón, pero el otro deja que el botón sea pulsado. En ambos casos, el ser humano no deja de ser un títere, lleno de preguntas sin respuesta, que la religión, cualquiera de ellas, no termina de contestar de manera satisfactoria. Dick es especialista en plantear ese tipo de preguntas en situaciones en las que son necesarias las respuestas, pero que nunca llegan. Terminamos con nuevas dudas, que tampoco encuentran solución, pero con la sensación de que eso es precisamente parte de la respuesta.

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Los hijos de nuestros hijos

los hijos de nuestros hijos

En esta pequeña novela, el autor no es el Clifford D. Simak que se puede encontrar en “Ciudad” o “Estación de Tránsito“. La diferencia de calidad e intensidad entre esas obras maestras de la ciencia ficción y esta novela es enorme.

Los elementos principales de la historia son expuestos en el primer párrafo: Una tarde de verano, se abre una puerta en medio del campo y comienzan a salir personas, miles de ellas. Son “los hijos de nuestros hijos”, habitantes del futuro que se ven obligados a escapar de su época debido a una invasión extraterrestre contra la que no pueden hacer nada. Una vez aquí, los gobiernos terrestres tienen que hacer frente a los problemas que surgen debido a esta repentina aparición de millones de seres humanos.

Durante toda la novela, la trama no llega a variar mucho de esta premisa inicial, e incluso los elementos de sorpresa son predecibles y están poco desarrollados. El argumento es una buena idea, pero no llega mucho más allá.

No diré que no merece la pena acercarse a este librito (son 154 páginas), porque, después de todo, es Clifford D. Simak, y la idea es bastante atrayente, pero no llega a cuajar lo suficiente para conmover al lector, algo que en otras novelas consigue con maestría, aunque no es mala elección si se quiere simplemente pasar un buen rato con una historia de ciencia ficción y viajes en el tiempo.

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